RELIGIOSIDAD POPULAR EN MEXICO


Las comunidades rurales de ascendencia indígena en México, son herederas de un importante bagaje cultural y religioso de originalidad mesoamericana. En su devenir histórico, a partir de la conquista y colonización, tuvieron que integrar muchos elementos novedosos provenientes de otros contextos culturales y religiosos. En ese proceso, dichas comunidades, lejos de acatar sumisamente los nuevos parámetros impuestos por el grupo hegemónico, activa y creativamente han reformulado y resignificado esos nuevos símbolos, de tal manera que el sincretismo resultante reúne en una nueva vivencia cultural las procedencias, tanto de uno como de otro lado.
Se trata de una forma de entender los fenómenos religiosos sincréticos en México, donde no se aniquila la diversidad inherente al proceso de conformación social de los diferentes rituales. En este sentido es la "Otra historia", la que se origina fuera del centro, lejos del púlpito, en la intimidad de los pueblos, barrios y colonias frente a la dureza de su vida particular y los avatares para abrirse paso en ella. En ese proceso, lo divino se materializa, necesariamente se encarna y se particulariza desde el horizonte cultural local. Esta aproximación implica una cierta apertura a pensar a Dios desde otros horizontes culturales, i.e., re-pensar lo divino desde otras coordenadas culturales.

lunes, 10 de febrero de 2014

Los Cristos de los santuarios de Chalma, Amecameca, Mazatepec y Tepalcingo: jerarquías sagradas en movimiento


 

I Congreso de etnografía de la religión: santuarios y peregrinaciones

Simposio:

EL CULTO A LOS CRISTOS DESDE

LA COSMOVISIÓN INDÍGENA MESOAMERICANA

BUAP

13-15 de noviembre de 2013

 

Los Cristos de los santuarios de Chalma, Amecameca, Mazatepec  y Tepalcingo: jerarquías sagradas en movimiento

 

Ramiro Alfonso Gómez Arzapalo Dorantes

Universidad Intercontinental (UIC)

 

Introducción

Las imágenes de los santos en las comunidades campesinas de origen indígena en México, fueron reinterpretadas de acuerdo a la cosmovisión propia de los pueblos donde se implantaron, alejándose considerablemente de la explicación piadosa del clero para ser adoptados como entidades sagradas cuyas funciones específicas corresponden a las necesidades históricas concretas de los hombres que les rinden culto, incorporándose con otras personalidades de carácter igualmente sagrado que definitivamente no provienen de la explicación cristiana, sino que corresponden a una concepción mesoamericana (Cfr. Juárez Becerril 2009 a y b, 2010 a y b, 2013; Suzan Morales 2008, 2009 y 2013).  Dicha adaptación o reformulación de los santos, no opera exclusivamente a nivel de un pueblo en particular, sino que es una constante en un conglomerado de numerosos pueblos que se engarzan en una región, auspiciando –en cierta medida- sus relaciones sociales en la figura de los santos y las amistades y parentescos que éstos tienen entre sí, y la movilidad que ello conlleva, con las peregrinaciones, procesiones y demandas (Cfr. Gómez Arzapalo  2009, 2012, 2013). Así pues destacamos la interrelación entre pueblos de una región que se auspicia bajo la figura o tutela de los santos en la dinámica de la religiosidad popular (Cfr. Giménez 1978; Escamilla Udave 2008, 2009, 2012, 2013; Padrón Herrera 2009, 2011 y 2013; Hernández Soc 2010, 2011, 2013). En esta ponencia concretamente los puntos que proponemos como límite, son los santuarios de Chalma y Amecameca en el estado de México, y los de Mazatepec y Tepalcingo en Morelos, refiriéndonos preferentemente a los cuatro Cristos que presiden dichos santuarios, sus jerarquías, obligaciones recíprocas y visitas que se deben unos a otros, donde el pueblo se convierte en mero acompañante del protagonista principal que es el Cristo presente en la imagen tangible (Cfr. Gómez Arzapalo 2007). Las fiestas más representativas de la región quedan comprendidas en el ciclo de cuaresma y semana santa. Ya Bonfil Batalla en su escrito Introducción al Ciclo de Ferias de Cuaresma en la región de Cuautla (1971) proponía este título precisamente porque Cuautla quedaba al centro geográfico del grupo de pueblos que registró en el ciclo de cuaresma. Después de aproximarme a esta región (entre el 2004 y 2007) y hacer el mismo recorrido que en su momento hizo Batalla, pude registrar muchos más pueblos que entran en este ciclo de ferias y que complican mucho más la red de interrelaciones al interior de esta región. Así pues, he preferido – como señalé renglones arriba- tomar como línea conductora de esta ponencia la interrelación entre pueblos de una región que se auspicia bajo la figura o tutela de los santos en la dinámica de la religiosidad popular, tratando de destacar la interrelación entre los pueblos que se ven involucrados en un ciclo anual de celebraciones rituales que motiva el intercambio económico a través de las ferias, favorece la creación de un proceso identitario que supera el pueblo singular y propicia la creación de lazos sociales entre pueblos distantes. En este proceso los santuarios funcionan como referentes indispensables.  A pesar de las implicaciones políticas, económicas y sociales que este complicado proceso pueda tener, el pretexto para echar andar su engranaje, es el ritual, y los personajes principales pertenecen al plano de lo sagrado, y son los santos católicos (Cfr. Báez-Jorge 2013 a y b), los cuales, una vez  observados dentro de las celebraciones, y considerando el uso que se hace de ellos, de acuerdo a los poderes que se les otorgan, de católicos no les queda sino el nombre.

 

 

Fiestas en derredor de los santos en interacción regional

Estos cuatro santuarios marcan imaginariamente un cuadrante donde, los pueblos que se ubican en el mismo, intervienen en una compleja organización de fiestas y ferias en derredor de sus santos –durante la cuaresma- que los engarza de muy diversas maneras con sus vecinos, en una dinámica social que articula a toda la región, donde –de manera muy especial- estos cuatro santuarios funcionan como referentes especiales, y sus santos, parecen estar en una posición jerárquica mayor, por todos reconocida. Como ejemplo que ilustre lo anterior, podemos mencionar –en Morelos- la población de Atlatlauhcan, que venera al Señor de Tepalcingo, importado tal cual, y cuya fiesta es más importante que la del santo patrono San Mateo. En Amayucan, se venera al Señor del Pueblo, que sostienen es gemelo del Jesús Nazareno de Tepalcingo, la fiesta de ambos es el cuarto viernes de cuaresma, y aunque en Amayucan lo celebran, dejan sin actividades propias los momentos que coinciden con las principales celebraciones de Tepalcingo, para que puedan asistir con el Señor de Tepalcingo, aunque desatiendan por un momento a su Señor del pueblo. En el mismo orden de ideas, en el estado de México, podemos mencionar el caso de Amecameca, que antes de iniciar el ciclo de ferias de cuaresma, los mayordomos del Sacromonte asisten un miércoles antes del miércoles de ceniza a Chalma, y regresan directamente a organizar el carnaval del miércoles de ceniza en honor del Señor del Sacromonte de Amecameca. En estos casos –y otros similares- no hay una reciprocidad debida por el santo del santuario en relación a quien lo visita. Chalma, Amecameca, Tepalcingo y Mazatepec, reciben, pero nunca “devuelven” la visita, actividad muy común entre los demás pueblos con sus santos.

 

Fiesta de carnaval en Chalma y Amecameca

Aunque no todas las comunidades involucradas en este ciclo de ferias coincide en reconocer a Chalma como el inicio del mismo, sí es por todos aceptado que a Amecameca le corresponde la apertura del ciclo de ferias con el primer viernes de cuaresma. Ahora bien, Amecameca –junto con Ocuilan, ambos en el Estado de México-, reconocen previo a la apertura del ciclo en Amecameca, con la celebración del primer viernes, la importancia ritual de la presencia en Chalma en preparación a esa primer fiesta del ciclo. El miércoles previo al miércoles de ceniza, también conocido como miércoles de carnaval, los mayordomos de Amecameca encargados de la feria del primer viernes, acuden en peregrinación al santuario de Chalma, donde le piden al Cristo que todo salga bien en la celebración a su cargo. Portan una imagen “peregrina” del Señor del Sacromonte. Actualmente se puede  realizar el trayecto en vehículos, hasta una cierta distancia, desde donde se continua a pie[1]. No se trata de una peregrinación multitudinaria, es más bien discreta, pues es de carácter privado, se trata de un asunto entre mayordomos, sus familias y demás colaboradores. El motivo es invariablemente pedir al Señor de Chalma por el éxito de la celebración de la feria, el Señor del Sacromonte “visita” al Señor de Chalma y “oye misa” en el santuario.

Una vez que los mayordomos del Sacromonte han regresado a Amecameca, la celebración siguiente es la correspondiente al miércoles de ceniza –o miércoles de carnaval- , en la cual se realiza “la bajada” del Señor del Sacromonte, de su lugar en la “cuevita” a la parroquia, donde permanecerá toda la cuaresma, hasta pasada la semana santa, cuando se le regresará a su lugar en la iglesia construida en el cerro, con una ceremonia que -en contraposición a “la bajada”- se le conoce como “la subida”.

“La bajada” es organizada por los mayordomos del Señor del Sacromonte que coordinan a los encargados de las “demandas” que llegan el miércoles de ceniza por la tarde, para participar en “la bajada” durante la noche, hasta el amanecer. Las principales demandas llegan de Milpa Alta, Iztapalapa y Texcoco, además de muchas otras de menor volumen de diferentes poblaciones del estado de México y Morelos preferentemente. El trayecto por las calles que recorrerá la urna del Sacromonte es adornado con papel o plástico picado, altares en las calles, donde el Señor del Sacromonte hará una “parada” mientras se reza y se canta. Además la mayoría de las casas que quedan en el recorrido, adornan de una u otra forma sus fachadas, ya sea con banderitas de papel de china de colores, o ramas verdes de árboles, cadenas de papel crepé, o con altares fuera de su entrada o dentro de su patio, con las puertas abiertas de par en par. Como ya se había mencionado, la imagen del Señor del Sacromonte llegará hasta la parroquia, donde permanecerá hasta un viernes después del viernes santo (“la octava del viernes mayor”), fecha en que se realiza “la subida”, de regreso a su iglesia en el cerro del Sacromonte. La principal diferencia en esta segunda ocasión, es que las demandas de otros lugares ya no participan, siendo una celebración más modesta y local, organizada también por los mayordomos del Sacromonte, pero con más trabajo, pues no cuentan con el apoyo de los encargados de las demandas foráneas. Es importante resaltar que la imagen del Señor del Sacromonte, es un Cristo movible, que se utiliza para el vía crucis del viernes santo, culminando con la crucifixión. La celebración de “la bajada”, las ferias del primero y sexto viernes de cuaresma, el viernes santo y viernes de octava, forman un ciclo ritual donde la figura central es el Señor del Sacromonte, y alrededor de él se organizan las demás actividades.

            Regresando nuestra atención a Chalma, allí se celebra también el miércoles de carnaval, pero no pasa de ser exclusivamente ese día, es decir, allí no hay celebración del primer viernes, a diferencia de Amecameca. Lo que se realiza en el santuario durante ese día es la “visita” al Señor de Chalma. Por parte de los encargados del santuario, no hay actividades programadas al estilo de una fiesta organizada por cargos específicos y con carteles que anuncian fechas y actividades, etc., sino que las personas de otras comunidades acuden en grupos, unos pequeños, otros grandes, a realizar la visita al Cristo con ocasión del carnaval. Destacan, por su número e importancia, las visitas de Amecameca y de Ocuilan, ambos en el estado de México. Con respecto al primero, ya se ha tratado más arriba. En relación a Ocuilan, aún cuando participan en el ciclo de ferias de cuaresma, y reconocen que Amecameca es el que abre el ciclo con el primer viernes o viernes de carnaval, prefieren acudir e iniciar el ciclo en Chalma, con una peregrinación, más o menos numerosa, que sale al santuario el miércoles de ceniza por la mañana. Llevan una imagen del Cristo del Calvario, cantan, rezan, comen y beben durante el trayecto, y al llegar acuden a misa en el santuario, pasan el día completo en las inmediaciones del mismo y al atardecer regresan a Ocuilan.

 

Primer Viernes de Cuaresma: Amecameca, Mex.

Para la celebración del primer viernes en Amecameca, el ambiente de fiesta ya se ha venido fraguando desde dos días antes: el miércoles de ceniza con “la bajada”. En cuanto a la fisionomía del lugar, pueden notarse ciertos cambios en las calles aledañas al centro que se llenan de puestos de artesanías de barro, ropa, comida y piratería, pero en lo que toca al centro mismo, es decir, la parroquia y sus alrededores, no se percibe un gran cambio con el tiempo ordinario, pues está tan lleno de comerciantes como siempre, tal vez  la única diferencia es que continuamente deambulan entre la multitud comerciantes foráneos que ofrecen chocolate de Puebla, o productos del campo, como pepitas, tequesquite, etc., además de que en la explanada, donde de ordinario hay comercio ambulante, éstos han cedido el lugar a los juegos mecánicos.  Donde sí es evidente la transformación es en el cerrito donde está la iglesia del Señor del Sacromonte, allí todo se encuentra saturado, el camino que lleva hacia la capilla, se vuelve difícilmente transitable, pues a ambos lados se satura de puestos de artículos religiosos y comida. En los artículos religiosos se pueden encontrar  dibujos y fotografías del Señor del Sacromonte en todos tamaños, y lo más interesante, con la imagen vestida en una diversidad de atuendos que resulta impresionante. Aún cuando el Señor del Sacromonte se encuentra ya en esta fecha en la parroquia, los visitantes consideran una visita obligada a la iglesia del Señor del Sacromonte –aunque éste no esté en casa-.

En la parroquia, el centro de atención es el Señor del Sacromonte, colocado hasta adelante del templo, del lado izquierdo. La fila para poder verlo, tocar su urna y persignarse, o llorar un rato frente a él, no tiene fin. No importa la actividad que se esté realizando en el templo, ya sea misa o mañanitas o rosario, la fila es continua y nadie parece desesperarse en la hora u hora y media de paciente espera para poder acceder a la obscura imagen. La mayoría de las personas lleva en sus manos la imagen de este santo, proporcionada por los mayordomos después de dar una aportación económica, una vez que llegan frente al ataúd de cristal frotan en el vidrio la estampa, la besan y  la guardan devotamente

 

Tercer Viernes de Cuaresma: Tepalcingo, Mor.

En Tepalcingo, Mor., se encuentra el santuario del Señor de Tepalcingo, el cual es también llamado, Jesús Nazareno. Se trata de un Cristo con la cruz a cuestas, caído, apoyándose con una mano en el suelo, y con una cuerda en el cuello. De acuerdo a un lienzo dentro del santuario, la Cofradía de Jesús Nazareno en Tepalcingo se fundó en 1681.  Bonfil Batalla, cita una relación de Cuernavaca de 1743, donde ya se hace alusión a esta fiesta al señalar:

 

En este partido y pueblo de tepalsingo, ay una imagen de Cristo nuestro Señor, que se venera por santuario de cuia efigie reciben los que le visitan y le claman, infinitos beneficios. Celebranle su fiesta el dia de la santa cruz y el tercero viernes de quaresma  una solemnisima procesion con tal concurrencia, que suelen padecer algunas criaturas ogarse en la iglesia y por lo mismo cuesta mucho trabajo entrar y salir en ellas. Son copiosas las limosnas que se recogen para las misas y ornato de dicha santa imagen. (“Relación de Cuernavaca” (1743), Boletín Oficial y Revista Eclesiástica del Obispado de Cuernavaca, año X, núms. 23 y 24, 1909; citado por: Guillermo Bonfil Batalla, 1971, p. 174).

 

La feria de Tepalcingo es una de las mayores del ciclo, probablemente la mayor de todas. En esos días todo gira alrededor del santuario del Señor de Tepalcingo, sus inmediaciones quedan abarrotadas de los juegos mecánicos e innumerables puestos que se disponen en largas filas, uno tras otro, tan pegados unos con otros que una vez encarrilándose en ese río humano, es imposible salirse hasta llegar al santuario. Las calles se ven invadidas por los puestos de artesanías, comidas, productos del campo, artículos de uso doméstico, artículos religiosos, etc. La gente fluye lentamente por las calles dispuestas con cuatro hileras de puestos, dos en los extremos y dos al centro de la misma, espalda con espalda, creando dos corredores, uno de ida y uno de vuelta, donde a duras penas caben dos personas hombro con hombro, en ese reducido espacio, pasan sorteando a los devotos los vendedores ambulantes con sus canastas. El trayecto de 6 calles que va de la iglesia de San Martín al santuario, que puede recorrerse en 5 minutos en tiempo ordinario, se torna en una penosa y sofocante lucha por avanzar no menor a una hora.

Una vez que se llega al santuario, la puerta principal (frontal) del atrio es exclusivamente para salir, mientras que el acceso lateral es exclusivo para entrar. Uno de los aspectos más sobresalientes en Tepalcingo es la cantidad de referencias externas que uno encuentra en este lugar, estableciendo referencias de este centro de culto con otros lugares distantes, como Iztapalapa, Xochimilco y Milpa Alta. La portada del interior del santuario es puesta cada año por un grupo de Iztapalapa, en el D.F., el cual tiene que ver con los organizadores de la celebración del vía crucis en la capital.

En la entrada al atrio (por la puerta lateral), se colocó –en el 2006- una portada similar, proporcionada por Xochimilco, con la leyenda: “Señor de Tepalcingo Xochimilco te venera”. Cabe señalar que los tres lugares mencionados de la capital, cuentan con “demandas” del Señor de Tepalcingo, entre las cuales resalta la de Milpa Alta, por el tamaño de su mayordomía. Evidentemente los encargados de estas demandas llevan su imagen para que pase junto con el Señor de Tepalcingo “original” los días de fiesta, y se reúnen en el presbiterio las imágenes de todos los demás pueblos que tienen demandas, que no solamente comprenden Morelos, sino también Estado de México, Puebla y Tlaxcala. Sin embargo es notoria una distinción jerárquica entre las demás demandas y las tres provenientes de Iztapalapa[2], Milpa Alta y Xochimilco, en ese orden de importancia.

Durante el desarrollo de la fiesta, se pueden percibir anuncios de fiestas, ofrecimientos y otras manifestaciones temporales, que se unen a otras ya estables en el templo, que evidencian la importancia de este centro ritual para poblaciones distantes. Como ejemplo, podemos mencionar los carteles de fiesta de otras poblaciones que aprovechan la feria para anunciar su propia fiesta, insertándola en este engranaje regional de celebraciones que ayuda a entretejer una serie de relaciones sociales y económicas que se auspician bajo la figura de los santos. Tal es el caso en el 2005 del cartel de la fiesta patronal en la parroquia de Jesús Tepactepec, en Nativitas, Tlaxcala; y en el 2006, el anuncio de la feria del cuarto viernes de cuaresma en Santa Ana Xalmimilulco, en el municipio de Huejotzingo, Puebla. Estos son tan sólo ejemplos ilustrativos, no exclusivos, muchas otras celebraciones de poblaciones tanto de Morelos, como de México, Tlaxcala y Puebla, se anuncian en esta fiesta (Cfr. Gómez Arzapalo 2007).

En este mismo sentido podemos mencionar los ofrecimientos que se le hacen como regalo y petición al Señor de Tepalcingo, entre los cuales destacan los nombramientos de mayordomos de otras localidades, que acuden a ofrecerlo al Jesús Nazareno para pedir su ayuda y buen término en sus funciones como mayordomo. Tal es el caso del mayordomo de la parroquia de San Miguel Arcángel de Talixpan, Texcoco, en el estado de México.

Estos ejemplos están unidos a una corta temporalidad, son con ocasión de la fiesta, un ofrecimiento que después se quitará. Pero también hay manifestaciones más duraderas, como la lápida que se encuentra al costado del santuario que conmemora el centenario de la peregrinación de Huixcolotla, Puebla al santuario de Tepalcingo con el Jesús Nazareno. Dentro de estas referencias merecen mención aparte los estandartes de las diferentes peregrinaciones al Señor de Chalma, los cuales ocupan un lugar bien establecido dentro del santuario y las demás iglesias, ocupando nichos adornados con flores como si se tratara de una imagen de bulto. En Tepalcingo hay dos en el santuario, una correspondiente a la peregrinación a pie, y otro a la de ciclistas, ambas peregrinaciones son anuales y cuentan con un cuerpo organizador, que sin llegar a constituirse como mayordomía, organizan el evento de la peregrinación anual al Señor de Chalma, en cuanto a la promoción, como en los gastos que genera. Los organizadores se renuevan cada año, y si nadie pide la responsabilidad, continuan los mismos. También en la iglesia de San Martín[3] hay un estandarte del Señor de Chalma, que se usa para la peregrinación anual a pie.

Durante el desarrollo de la fiesta del tercer viernes en Tepalcingo, fue posible observar una marcada competencia entre los sacerdotes y los mayordomos. Tanto en el interior del santuario, como en el atrio, se podía observar prácticamente hombro con hombro, a sacerdotes y mayordomos realizando su actividad propia sin hacer mucho caso de lo que la contraparte realizaba. Así, mientras en el atrio resonaban cuatro enormes bocinas mediante las cuales los mayordomos invitaban a pasar a saludar la milagrosa imagen del Señor de Tepalcingo,  tres sacerdotes revestidos con sus ornamentos, deambulaban entre la multitud con altavoces portátiles, recordándoles a “los hermanos peregrinos” que lo más importante no es ni la feria, ni saludar la imagen, ni llevarse una imagen bendita, sino los sacramentos, por eso invitaban fervientemente a cualquiera que quisiera confesarse a pasar con ellos, para luego entrar a la misa y comulgar. Si alguien lo hizo, yo no lo ví, lo que sí resultaba evidente era la aglomeración de personas que pacientemente esperaban más de una hora para poder pasar frente al Jesús Nazareno y tocar el cristal frente a la imagen. Al mismo tiempo que esto ocurría, se llevaban a cabo, en el mismo atrio, dos danzas, una de concheros (provenientes de Texcoco) y otra de pastoras (del mismo Tepalcingo).

 

Quinto Viernes de Cuaresma: Mazatepec, Mor.

En Mazatepec, la fiesta del quinto viernes se realiza en un cerro a las orillas de la población, en el santuario del Cristo de Mazatepec, en la cima del mencionado cerro. Este santuario se une por una calzada con el cementerio, dentro del cual está la iglesia de la virgen de Guadalupe.

La imagen que se venera en el santuario es una pintura de un Cristo crucificado con la Virgen y San Juan al pie de la misma, clara referencia al episodio evangélico de Jesús entregándole a su madre al discípulo amado.

La pintura está plasmada directamente sobre la piedra. Algunas personas refieren que esas imágenes de hombre y mujer, son esposos, un mayordomo me indicó que eran una pareja de esposos que ayudaron al Cristo, después de su aparición, a que se le construyera la iglesia, motivando y movilizando a los habitantes de Mazatepec para hacerlo, y como recompensa, se pintaron junto al Cristo.

            El día de la fiesta, el quinto viernes de cuaresma, el santuario se enflora y se coloca una portada con flores y semillas en la entrada. La fila para poder pasar detrás del cristo y persignarse tocando el cristal que lo cubre es inmensa. A diferencia de otras ferias ya descritas en este capítulo, la presencia del sacerdote es prácticamente imperceptible, solamente llegó a decir misa y se retiró inmediatamente. Tampoco se notaron intentos de catequesis, ni ninguna actividad coordinada desde la parroquia que se adjuntara a la celebración popular.

La calzada que une ambas iglesias se encuentra totalmente abigarrada de puestos, tanto de mercancías, como de comida. En el interior de la iglesia de la virgen de Guadalupe, se reúnen las imágenes que participarán en las representaciones de Semana Santa: San Ramitos o Señor de los Ramos; la Dolorosa, la Verónica y la Cruz. La gente que ingresa al templo, toca todas las imágenes y se persigna, teniendo un lugar central la dolorosa, la cual está puesta al centro, justo frente al altar, y siendo ante esta imagen ante quien más demoran rezando y platicando en voz baja.

En cuanto a las demandas del Señor de Mazatepec, se puede apuntar que acuden muchas del estado de Morelos, desde Cuernavaca, Cuautla, Yautepec, Tetela del volcán, Amayucan, etc. Entre tantas provenientes del mismo estado, destaca la única encontrada no morelense, y provenía del D.F., de San Francisco Tlaltenco, Tláhuac donde celebran al Cristo de Mazatepec cada año del 15 al 24 de marzo, y que asisten en este quinto viernes a la feria, portando su imagen en una pequeña vitrina, para que pasen los Cristos juntos los principales días de fiesta, pues permanecen el fin de semana completo.

 

Semana Santa en Tepalcingo

Tepalcingo tiene una semana santa muy activa e interesante, más que otros lugares. Destaca la forma de reunir las imágenes participantes de las representaciones de semana santa a través de procesiones que van de iglesia a iglesia, luego el uso de las imágenes en los días santos, y sus procesiones de regreso a sus lugares ordinarios. Es muy importante también el traslado del Señor del Sacromonte a Amecameca, donde permanece hasta el mes de junio, fecha en que los mayordomos del Sacromonte se los regresan a Tepalcingo. La vastedad del repertorio de santos, hace que sean muchas también las mayordomías que los cuidan, destacando las de Jesús Nazareno (que se encargan de la Dolorosa, la Verónica, San Ramitos y –por supuesto- el Jesús Nazareno o Señor de Tepalcingo), la de San Martín (que se encargan del traslado de la cruz y el Santo Entierro), la del Sacromonte y la de Los Reyes (que se encarga del Cristo de las Tres Caídas).

 

Lunes Santo: traslado del Señor del Sacromonte a Amecameca

El lunes santo, en la iglesia de San Martín, tiene lugar la celebración de despedida al Señor del Sacromonte que será trasladado ese día a Amecameca, donde será recibido por los mayordomos del Sacromonte y colocado en la iglesia del cerrito del mismo nombre. La iglesia en sí no es adornada, salvo el lugar específico de la urna del Sacromonte. Todas las bancas son apiladas en un rincón del templo, dejando solamente tres hileras en línea con la pared lateral opuesta al lugar donde está el santo en cuestión.  Frente a la urna del Sacromonte se coloca una mesa en donde se pone el ataúd de cristal reservado para el traslado, allí se limpia cuidadosamente, de forma especial los cristales. Después se colocan sábanas y cojines limpios en su interior y se deja abierta la tapa.

            Una vez que está lista la urna para el traslado, se abre la urna donde está de ordinario el Sacromonte en la iglesia de San Martín, esto es, pegado a la pared lateral izquierda en un nicho empotrado en ella. Los mayordomos entonces limpian cuidadosamente el rostro del Cristo, le quitan cuidadosamente sus ropas y le ponen nuevas, lo peinan y le acomodan sus brazos y piernas. Todo esto se hace en la mañana, sin ninguna prisa, con pausas, en silencio, o hablando en susurros. Ya que están listos tanto la urna del traslado, como el Sacromonte aún dentro de su urna ordinaria, permanecen un buen rato ambos ataúdes de cristal abiertos y parece haber un breve receso, como contemplando lo hecho, comentando en voz baja lo bien que quedó todo. Alrededor del medio día, se saca al Sacromonte de su nicho estacionario, para pasarlo a la urna del traslado. Recordemos que es un Cristo movible, así que insisto en la plasticidad de estas imágenes. Se carga delicadamente al Cristo pasando un brazo debajo de la nuca y otro bajo las corvas de las rodillas. Al trasladarlo de una urna a la otra parece tal cual una persona desvanecida. Se coloca lentamente en la urna del traslado y se le cubre desde los pies hasta el cuello con una sábana blanca, y “lo atrancan” con muchas almohadas pequeñas y largas forradas de tela blanca, para que no se mueva nada en su traslado.

            Paralelamente, otros mayordomos y sus ayudantes estaban preparando en la calle la camioneta que transportará la urna. Se lava y llena de ramos de flores amarrados de los espejos, defensas, manijas y uniendo estos ramos entre sí con cadenas de papel crepé de color blanco y rojo. 

            En el interior de la iglesia, ya que está cerrada la urna del traslado, se sientan dos ángeles de madera, uno a los pies y otro en la cabecera y se coloca una flor blanca de crisantemo en medio de la tapa. Entonces sí tiene lugar un rezo, dirigido por un rezandero. Se trata de una especie de rosario, pues se rezan padrenuestros y avemarias, pero no se anuncian misterios ni nada, simplemente se reza de continuo, todos respondiendo a lo que el rezandero inicia. Esto se prolonga un poco más de una hora, después de lo cual, entre cantos dirigidos por las mayoras se lleva la urna lentamente hasta la camioneta, donde se asegura firmemente y salen en procesión motorizada, encabezando la camioneta del Sacromonte, seguida por otras donde van los mayordomos. Son alrededor de seis o siete camionetas, también adornadas con flores y papel rojo y blanco, pero mucho menos que la que lleva la imagen.

            El Señor del Sacromonte de Tepalcingo será recibido en Amecameca, en la iglesia del cerrito por los mayordomos del Sacromonte, y se coloca en la iglesia a un lado de donde está el lugar del Sacromonte de Amecameca, pero recordemos que en esos momentos no está allí, pues se encuentra abajo, en la parroquia y no regresará hasta la octava del viernes santo. A partir de entonces sí podrán estar juntos, pues permanecerá “de visita” hasta el mes de junio, alrededor de la tercera semana, cuando los mayordomos del Sacromonte de Amecameca se los regresarán a los de Tepalcingo. Evidentemente, la mayordomía que recibe a su homóloga, organiza una recepción, comida, misa y borrachera, por lo que cada mayordomía cuando va a visita, permanece dos o tres días en el lugar.

 

Martes Santo: procesión y reunión de las imágenes en el santuario

El martes santo en la noche se realiza una procesión que parte de la iglesia de San Martín hacia la iglesia de Los Reyes, y de allí hacia el santuario del Jesús Nazareno de Tepalcingo. La finalidad es reunir en el santuario las imágenes que participarán en las celebraciones del jueves al domingo de semana santa. En la iglesia de San Martín están la cruz y el santo entierro, en la iglesia de Los Reyes está el Cristo de las Tres Caídas. Y finalmente en el santuario están San Ramitos, el Jesús Nazareno o Señor de Tepalcingo, La Verónica y La Dolorosa.

Desde aproximadamente las cinco de la tarde se reúnen en cada iglesia los mayordomos encargados de las imágenes, y comienzan a prepararlas. En el templo se colocan las bancas en largas hileras puestas a lo largo del templo, y no a lo ancho como de ordinario. En medio del templo se colocan mesas y sobre ellas las imágenes, para, primero limpiarlas cuidadosamente, y después cambiar sus atuendos  vistiendo a todas con color púrpura (excepto a la cruz, que se le coloca una manta blanca). Después de preparar las imágenes, un rezandero dirige algunos rezos que se prolongan por una media hora, para después tener allí mismo, en el interior de la iglesia, un convivio antes de salir en procesión, esto tendrá lugar cuando haya obscurecido totalmente, alrededor de las ocho u ocho y media. Se sirve refresco a la gente que ya ha empezado a reunirse y alguna botana, papas, frutas, pan de dulce, o cualquier cosa para entretenerse mientras llega la hora. Esta espera es alrededor de una hora u hora y media y la concurrencia se anima sentados alrededor de las imágenes comiendo, bebiendo refresco o agua y platicando un rato.

            La iglesia de San Martín es la que da inicio a la procesión, dirigiéndose a la iglesia de Los Reyes así que cuando ya es tiempo de partir, los mayordomos disponen la siguiente formación: primero la Santa Cruz con su manta blanca, la cual es portada por un hombre con un cinturón de cuero. La cruz es realmente pesada y el camino cuesta arriba, por lo que generalmente no la carga la misma persona más de una calle. Enseguida de la cruz va el Santo Entierro en su ataúd de cristal, cargado por nueve hombres, que continuamente van siendo relevados. Detrás del santo entierro va el rezandero y las señoras cantoras con su altavoz, después de ellas toda la gente con una vela encendida en la mano. Tan pronto como la procesión pone un pie fuera de la iglesia, se echan las campanas al vuelo y seguirán repicando hasta que lleguen a la mitad del camino, lo cual es muy fácil de observar, pues la distancia que separa ambas iglesias es aproximadamente medio kilómetro en línea recta ascendente, por lo que, desde una y otra, se observa a la perfección el avance de la procesión. Una vez que llegan a la mitad del camino la iglesia de Los Reyes echa al vuelo sus campanas y las de San Martín dejan de tocar. Al repique de San Martín le llaman “avisar” que ya van los santos, y al repique de la iglesia de Los Reyes le dicen “la respuesta” o “el recibimiento”.

            Llegando a la iglesia de Los Reyes la procesión que trae a la cruz y al Santo Entierro no entra, sino que se forma en la calle que cruza, en dirección al santuario, y allí siguen rezando, mientras en el interior de esta segunda iglesia, terminan el rezo al Cristo de las Tres Caídas y la Dolorosa. Cuando terminan su rezo, salen del templo con el Cristo de las Tres Caídas. Tan pronto como llegan al pequeño atrio de esta capilla, se detienen y le cubren el rostro a la imagen con una tela de color blanco, para después incorporarse a la procesión estacionada que los espera afuera. La gente abre paso a la imagen del Cristo de las Tres Caídas y la Dolorosa, la cual se adelanta hasta formarse detrás del Santo Entierro. Una vez en sus lugares se reinicia la procesión camino al Santuario. En el camino se va nutriendo de toda la gente que se incorpora al pasar la hilera frente a sus casas, de tal manera que al llegar al santuario, alrededor de las diez y media de la noche, es una multitud considerable.

            Al llegar al atrio del santuario, se les da la bienvenida a los santos echando al vuelo las campanas y lanzando una gran cantidad de cohetes durante varios minutos de manera ininterrumpida. Entrando al santuario, donde ya están puestos frente al altar el Jesús Nazareno en andas (el que se guarda en la sacristía), San Ramitos (un Jesús montado en un burro con una palma en la mano), La Dolorosa y La Verónica, se colocan al lado de éstos el resto de las imágenes e inmediatamente sacan de la sacristía un florero para cada uno de ellos y una canasta para las limosnas de cada uno. Se reza durante media hora y después un mayordomo del santuario recuerda de viva voz las actividades más importantes a realizarse del jueves al domingo. Después de esto, el santuario permanece abierto y una gran cantidad de personas se acercan a tocar a todas o algunas de las imágenes, mientras rezan entre murmullos frente a ellas. El templo permanece abierto hasta las tres de la mañana aproximadamente.

 

Celebraciones de jueves, viernes y sábado santos

Las celebraciones del jueves, viernes y sábado santos se realizan en el santuario, incluso el vía crucis, aunque sale a recorrer algunas calles sale y regresa al santuario. No se mezclan estas celebraciones con las ceremonias litúrgicas oficiadas por los sacerdotes católicos del santuario, teniendo cada una su momento, y aprovechando los curas los momentos en que está reunida la gente después de alguno de los eventos organizados por los mayordomos.

            El jueves santo se celebra la prisión del Cristo de las Tres Caídas, no se representa ni la última cena ni el prendimiento, directamente el Cristo movible que será utilizado al día siguiente para el Vía Crucis, se instala en una prisión construida con varas, ramas, palmas y adornada con muchas flores. Esto tiene lugar al atardecer, la prisión se construye en el atrio fuera de la puerta lateral, frente a la sacristía. La gente se aglomera alrededor de esta prisión, cuya parte frontal está cerrada por un barandal que llega a la cintura de un hombre adulto. De manera esporádica se organizan rezos, que terminan tan sorpresivamente como inician. Las personas se aglomeran para tocar al santo y persignarse. El Cristo se encuentra vestido con una túnica blanca.

            Al día siguiente, viernes, alrededor de las diez de la mañana se reúne la gente en el santuario para empezar el Vía Crucis. Salen en andas, el Cristo de las Tres Caídas vestido ya con una túnica morada, con un mecanismo de cuerdas para simular las caídas y levantadas, tal cual lo describimos más arriba en el subtítulo dedicado a los Cristos movibles en Atlatlauhcan, a su lado la Virgen Dolorosa y detrás de ellos el Señor de Tepalcingo (el portátil). En cada lugar donde se establece una estación se coloca una mesa con flores e imágenes de santos, la variedad de éstos queda a la iniciativa de la familia que lo coloca.

            Las últimas estaciones son en el santuario, donde permanecen la cruz y el Santo Entierro. Cuando es el momento de la crucifixión, le quitan la túnica al Cristo y lo amarran a la cruz, misma que se levanta y fija en una base portátil de madera. Cuando viene el desprendimiento, el Cristo de las Tres Caídas regresa al santuario y entra en escena el Santo Entierro, el cual es llevado al interior del santuario, donde permanece hasta adelante en una mesa llena de flores blancas y rodeado de velas y veladoras. En este lugar permanece hasta el día siguiente –sábado-, hasta el mediodía, cuando es retirado, y se reacomodan todas las imágenes de la misma manera que estaban el martes santo y permanecen allí hasta el domingo, para la procesión de regreso a sus lugares.

 

Despedida de las imágenes y regreso a sus iglesias correspondientes

El domingo en la tarde, cuando ya declina el sol y el calor, la gente se reúne en el santuario para una misa que se conoce como misa de despedida, terminando el acto litúrgico, se preparan las andas para el regreso de cada imagen a su lugar. Sale del santuario una sola procesión encabezada por la cruz y seguida por el Santo Entierro, el Cristo de las Tres Caídas, la Dolorosa, la Verónica, el Jesús Nazareno en andas y San Ramitos, en ese orden. Recorren algunas calles entre cánticos y rezos, explosiones de cohetes y las campanas del santuario al vuelo. Después de un recorrido por algunas calles principales,  ya no se trata de una sola procesión, sino de tres, una que sale hacia la iglesia de Los Reyes con el Cristo de las Tres Caídas; otra que regresa a la iglesia de San Martín con la Cruz y el Santo Entierro y una tercera que retorna al santuario con el Jesús Nazareno en andas, San Ramitos, La Verónica y La Dolorosa. Cada mayordomía toma sus imágenes y regresan a sus templos los santos, acompañados por las personas adscritas a cada iglesia. Una vez en sus lugares, sin más preámbulos son regresados a sus lugares ordinarios, donde al día siguiente, los mayordomos les cambiarán nuevamente la ropa.

 

Conclusión

Nuestra región de estudio la hemos propuesto en base a un cuadrante imaginario cuyos límites quedarían constituidos por los santuarios de Chalma y Amecameca, en el estado de México, y los de Mazatepec y Tepalcingo, en Morelos. Dentro de este cuadrante hay numerosas poblaciones que participan en una complicada red festiva en derredor de los santos de cada pueblo, concentrándose de una manera especial estas celebraciones en la cuaresma y semana santa. Las relaciones sociales, políticas y económicas que se articulan junto con el aspecto religioso denotan una especial forma de existencia social que implica cosmovisiones articuladas y compartidas (Cfr. Broda 2001) entre los diferentes pueblos campesinos que intervienen en este ciclo festivo.

La vivencia concreta de religiosidad popular en estos pueblos, rebasa el ámbito íntimo de tal o cual comunidad en particular, y se articula en un territorio más amplio, i.e. regional, que implica el consenso sobre ciertos principios básicos a nivel de ideas, y también de ciertas instituciones populares, como las mayordomías, evidencian una dinámica y vigorosa organización social que opera frente a los poderes hegemónicos del Estado mexicano y de la Iglesia católica (Cfr. Báez Jorge 1998, 2000, 2006, 2011, 2013 a y b).

            En una visión histórica, no pueden dejar de mencionarse las incursiones y establecimiento que las órdenes mendicantes hicieron desde el primer contacto, después de consumada la conquista. Muchos de los lugares –como conventos, ermitas e iglesias- que se remontan a esas fechas, siguen siendo lugares de culto católico, con una vivencia de religiosidad popular que apunta a otras raíces lejanas a la ortodoxia oficial de ésta Iglesia. Así mismo, no podemos dejar de lado el hecho, de que muchas de estas iglesias del s. XVI se construyeron sobre antiguos lugares de culto prehispánico, conservando una continuidad en la geografía sagrada, tal  es el caso de Ocuilan, Atlatlauhcan, Chalma, Mazatepec, Amecameca, Xochitlán, Jonacatepec, entre otros.

            La preponderancia agustina en esta región es digna de destacarse, pues recordemos que cada orden tenía su propia especificidad catequética, siendo la de éstos agustinos, una enseñanza prioritariamente cristocéntrica, lo cual resulta muy significativo si consideramos la importancia que en la religiosidad de estos pueblos en la actualidad, tienen los cristos –en sus más variadas advocaciones- y todas las festividades que rodean a la Semana Santa.

 

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[1] Tiempo atrás –según refieren los mayores-, la peregrinación era a pie y estaba planeada una semana antes del inicio del compromiso de los mayordomos de Amecameca, para que pudieran ir y regresar caminando, previendo llegar a tiempo para ultimar detalles y estar listos para la celebración del miércoles de ceniza. Ahora no hay nada establecido sobre ello, lo importante es ir y prepararse en esa fecha en relación directa a la fiesta del primer viernes en Amecameca, no importa si es a pie o en vehículos, la decisión sobre una u otra forma depende de los mayordomos del Sacromonte, quienes organizan este evento.
[2] En relación a las fiestas de Semana Santa en Iztapalapa Cfr. Cruz Mejía 2011 a y b.
[3] Según refieren diferentes encargados entrevistados, la iglesia de San Martín era antes la más importante de Tepalcingo, porque allí estaba el Jesús Nazareno, y el santuario todavía no estaba. Pero cuando el santuario se llevó la imagen, pues se convirtió en la principal iglesia del pueblo, no obstante, San Martín no perdió toda su prominencia, pues queda allí la cruz y el santo entierro a usarse en semana santa, además del Señor del Sacromonte que se va cada año a Amecameca.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Reflexiones sobre las Unidades Habitacionales como fenómeno cultural.




Vivir la Fe en la ciudad hoy. Las grandes ciudades latinoamericanas

 y los actuales procesos de transformación social, cultural y religiosa.

 Congreso del Proyecto internacional e interdisciplinario

 de investigación “Pastoral Urbana”

(Universidad de Osnabrück / Alemania).

XI Seminario internacional e interdisciplinario del Intercambio

 cultural latinoamericano-alemán (ICALA / Universidad Iberoamericana).

Programa Alumni DAAD-BMZ (Universidad de Osnabrück / Alemania).

Instalaciones de la Conferencia Episcopal Mexicana,

Lago de Guadalupe, C. Izcalli, Edo. México.

28 de febrero de 2013.

 

Reflexiones sobre las Unidades Habitacionales como fenómeno cultural

Ramiro Alfonso Gómez Arzapalo Dorantes

 

La historia del Occidente y la historia del Cristianismo, han estado –tanto para bien, como para mal- intrínsecamente entrelazadas, hasta el punto de disolverse en un mismo cauce en muchos lapsos a través de estos veinte siglos. Desde este punto de partida, tenemos que reconocer que la idea misma de Dios, como concepto, está fraguada en lo que el occidente ha gestionado desde la irrigación de sus venas Griega, Romana y Hebrea, y se ve afectada cuando la configuración de la cultura muta y se transforma. No está de más iniciar recalcando esto, pues en el actual contexto contemporáneo, la crisis generalizada que se vive en todos los ámbitos de la cultura occidental, trastoca profundamente los cimientos y postulados básicos sobre los cuales erigíamos –como occidentales- nuestro “mundo”. En este sentido, y en relación profunda con el tema propuesto para la reflexión que nos congrega, tenemos que considerar que la actual crisis de la Iglesia, no está aislada del contexto cultural global, y en muchos sentidos, valdría la pena considerar qué tanto de esa crisis es por ser Iglesia y qué tanto es por ser una Institución de cuño occidental. El oleaje de esta crisis no proviene del interior de la institución eclesiástica, sino que se mueve sobre este oleaje a la par que las demás instituciones culturales del occidente moderno en medio de corrientes que alejan cada vez más de los fundamentos de la modernidad.

            En este sentido, no creo exagerar al decir, que el Occidente y sus instituciones tienen una especial tara en el reconocimiento de lo sagrado cifrado desde otros horizontes culturales. Primero, porque Occidente se reservó el derecho en siglos precedentes a ser la única voz digna de ser escuchada, ya fuera desde sus prerrogativas religiosas y doctrinales, como ocurrió durante toda la edad media, o bien, desde el discurso científico moderno que, desbancando la intolerancia religiosa se irguió como una nueva intolerancia positivista constituyéndose en un nuevo mito que también reclamó soberbiamente ese derecho a la unicidad monológica. En segundo lugar, dicha tara, le viene de su –hasta hace algunas décadas- incuestionable postulado de supremacía cultural y civilizatoria. El Darwinismo llevado a la esfera social humana influenció muchas posturas de corte filosófico, que defendieron la existencia de estadios evolutivos, en los cuales –por supuesto- el Occidente era la cumbre, reservándose el derecho de calificar de salvajes, bárbaros y primitivos a los otros grupos humanos, y en base a eso, ejercer su dominio ideológico, político, económico y militar sobre ellos, sin empacho de la destrucción generalizada de culturas, bajo las ruedas de esta maquinaria de progreso que más temprano que tarde nos develó su rostro inhumano y la intrínseca estupidez de quien socava el suelo sobre el cual está parado.

            Desde este punto de vista, las tradiciones religiosas no-occidentales, fueron genéricamente vistas por el cristianismo occidental, como obstáculos a la adscripción a la Única posibilidad oficial de religión.         Pero –paradógica y cruelmente- también llegó el momento en que la misma religión cristiana cayó en ese inmenso bote de desperdicios a donde el Occidente arrojó todo aquello no sustentado por la razón, todo lo no cualitativa y cuantitativamente sustentado por ella y su lógica, impíamente se desechó del horizonte de lo “verdadero”, lo “certero”, lo “válido”, y allí fue a parar toda expresión religiosa, incluyendo la cristiana.

            Sin embargo, en décadas recientes, el interés que en las ciencias sociales se ha despertado por los asuntos religiosos, llama poderosamente la atención, pues pareciera ser una ruptura en la consecución de ideas desarrolladas en la modernidad occidental, abriéndose –para muchos- la posibilidad de atisbo de un nuevo horizonte en la vida contemporánea del occidente destilado en el concepto de posmodernidad –a falta de mejor término-. Sea como sea, la religión está de nuevo en escena, a franco contrapelo de las tendencias modernas que hasta mediados del siglo pasado habían pretendido el total aniquilamiento de este Opio del pueblo, o mal de conciencia, negativo, pero necesario hasta cierto punto.

            No es el caso en nuestros días, hoy por hoy en el contexto contemporáneo ha cobrado particular importancia la religión y el reconocimiento del lugar que ésta ocupa en la sociedad, a pesar del intento secularizador moderno que pretendió desplazarla o confinarla al ámbito meramente privado, y frente al cual la religión nunca dejó de tener presencia social con funciones específicas en medio del mundo Occidental.

            Sin embargo, es un retorno a lo sagrado y el misterio, en esa ambigüedad, sin tal o cual adscripción institucional, o al menos, de compromiso de vida a largo plazo. En este sentido, bien apunta Louis Dutch:

 

La actual “crisis de Dios” resulta tanto más difícil de analizar e interpretar por cuanto ha irrumpido en una atmósfera religiosa muy distendida, en medio de un “retorno de lo religioso” sumamente amigable o como señala Metz, en “una época de religión sin Dios cuyo lema podría ser: religión sí, Dios no […] Al contrario de lo que sucedía hace sólo unas pocas décadas, “lo religioso”, con su manifiesta y profunda ambigüedad, se halla diseminado en nuestra sociedad con mil rostros y manifestaciones. Con relativa facilidad, puede observarse en ella –tan secularizada, según la opinión de muchos- una notable expansión de una religiosidad invisible o difusa que prescinde de las mediaciones de las instituciones religiosas especializadas, que antaño fueron los únicos intermediarios reconocidos entre Dios y los hombres. Por eso creemos que lo que ahora realmente está en crisis es el Dios cristiano. […] Se busca con ahínco, al margen de Dios o, al menos, al margen del Dios de la tradición judeocristiana, una religión “a la carta” cuyo destinatario último es el mismo ser humano, sus estados emocionales, su afán descontrolado e impaciente de vivencias, su inapetencia social. Sin exagerar, podría decirse que la orden de Yavé a Abraham: “Vete de tu casa, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12, 1), para muchos, se ha transformado en esta otra: “¡Vete a tu interior, desciende hasta las profundidades de tu mismidad y no te preocupes de nada más!”.[1]

 

Ya algunos teólogos como José María Mardones y Luis de Carbajal insisten que en el actual entorno globalizado de corte eminentemente posmoderno, la religión cristiana se encuentra sumergida en una crisis sin precedentes que la estructura institucional no parece ser capaz de afrontar bajo los lineamientos tradicionales, precisamente por estar en crisis la figura de la institución, la autoridad y la tradición, no solamente en el ámbito eclesiástico, sino en todos los ámbitos de la cultura Occidental. En la misma línea de pensamiento está Louis Duch, quien - como monje benedictino, pero también como antropólogo- realiza una fuerte crítica –desde adentro- a la Iglesia en su configuración actual, pues sostiene que Dios, dentro del cristianismo, se ha convertido en un extraño en su propia casa, el anuncio nitzcheano de Dios ha muerto, se ha convertido en algo real y cotidiano, un Dios muerto que murió porque lo matamos, mediante el robo de su trascendencia, al inmanentizarlo en conceptos y argumentos sólidos, lógicos, coherentes y convincentes que lo despojaron de todo carácter personal, dejándolo desnudo de todo sentido y flotando su cadáver en el mar del absurdo y el vacío.

Sin embargo, invito a considerar que el individuo, aún el posmoderno, una vez que cobra conciencia, debe posicionarse en el caos en el que se encuentra a sí mismo, un caos que urge cosmificar, en el nombrar, interpretar, asignar sentido, mediante lo cual esta maraña desarticulada y caótica de hostilidad y absurdo, se convierte en mundo. Este acto de generación de mundo genera también la identidad del individuo inserto en su colectividad. Identidad que en primera instancia se vive como la impronta que deja el grupo que acoge, su huella peculiar y distintiva, pero que a partir del acontecimiento de la toma de conciencia, se vuelve un asunto de responsabilidad, entendida como capacidad de responder, ante uno mismo y ante los otros. Así la identidad, deja de ser tanto esa huella dactilar impresa en el momento creacional del individuo por su sociedad, para convertirse en un asunto sumamente dinámico y dialéctico, en el que la acción genera el proceso de identificación, un individuo que actúa y mediante su acción genera su propia identidad, lo cual abre la posibilidad del cambio y la transformación en los procesos identitarios.

En el sentido que pretendí dar en esta breve disertación, me parece que los autores mencionados antes –desde el seno de la iglesia y la teología- critican fuertemente la identidad católica contemporánea, porque se ha quedado enana frente a la realidad desbordantemente nueva que afrontamos. Es una identidad que se quedó en el primer paso que mencionábamos anteriormente, la identidad asumida previa a la toma de conciencia, renunciando a la identidad responsable que requiere asumir en primera instancia el posicionamiento conciente frente a la realidad y los ideales.

Dice Dutch[2], retomando a Giuseppe Ruggieri[3]:

 

La hipótesis que sustenta un discurso verosímil sobre la extrañeza de Dios en su Iglesia es que no sólo por parte de algunos pensadores, sino como componente de la conciencia general, ha madurado una representación de las relaciones humanas que se fundamenta en otra valoración de la alteridad sexual, cultural, religiosa, etc. Esa nueva valoración hace posible, por un lado, una comprensión más profunda del Dios de Jesucristo y, por el otro, pone al descubierto una insuficiencia “jurídico-teológica” de la comprensión que tiene la Iglesia de sus relaciones con el otro. Es esta insuficiencia jurídico-teológica de la Iglesia en sus relaciones con el otro la que provoca la extrañeza de Dios. Dios, sin embargo, conserva “su” derecho.

 

En los complejos contextos sociales globalizados contemporáneos –prioritariamente urbanos-, la cuestión de las identidades se complica en extremo debido al sinnúmero de nichos sociales que quedan albergados en un territorio compartido como espacio físico, mas no como un espacio de significado común, sino muy por el contrario, como espacio contraído que se convierte en campo de batalla por la sobrevivencia. El mundo deja de ser espacio de encuentro, los rostros se desdibujan y el otro se convierte, más que en prójimo, en un competidor siempre amenazante y retador del que conviene cuidarse, alejándose y permaneciendo en el anonimato como una trinchera defensiva.

Los espacios existentes en otras épocas que separaban físicamente culturas, pueblos y Estados, se han diluido al máximo, debido a un impresionante crecimiento demográfico, pero también a una nueva era de comunicación e interacción global que nos entrelaza de manera irrenunciable a todos en un destino común. Las fronteras son totalmente permeables –a pesar de los muros- y la distancia física ha desaparecido. En este entorno, la adscripción a tal o cual grupo social conlleva la incorporación a ciertos círculos  donde se fragua el acceso a posibilidades, recursos, protección de grupo y en general a todos los beneficios que determinada red de relaciones sociales puede proveer al individuo.

            La pertenencia a un grupo social ampara al sujeto frente a la crudeza de la intemperie de la realidad desnuda. En este sentido podemos señalar que la identidad es la parte operativa de la cultura, en cuanto a que todo el cúmulo de elementos constitutivos de una cultura sólo son efectivos en tanto que haya un individuo que los incorpore en su acción.

Al señalarse que la identidad es resultado de procesos sociales dinámicos, queda claro que no es algo acabado y estático sino siempre sujeta al cambio, así que conviene entender la identidad como proceso de identificación, como bien lo expresan José Carlos Aguado y María Ana Portal:

 

[...] la identidad no puede ser analizada como una esencia estática, inmodificable, como una fotografía. Por el contrario, sólo puede comprenderse en la medida en que es vista como un conjunto de relaciones cambiantes en donde lo individual y lo social son inseparables, en los que la identidad tiene un sustrato material.[4]

 

            También Gilberto Giménez hace hincapié en esta forma de entender la identidad como proceso de identificación, al señalar que “la identidad no debe concebirse como una esencia o un paradigma inmutable, sino como un proceso de identificación; es decir, como un proceso activo y complejo, históricamente situado y resultante de conflictos y luchas”[5].

            Por su parte, Félix Báez considera que “la naturaleza dialéctica de la identidad se fundamenta en el hecho de que, simultáneamente, identifica y distingue grupos humanos; congrega y separa pertenencias; unifica y opone colectividades; le son inherentes los fenómenos ideológicos, la conciliación y el conflicto”[6].

            El antiguo adagio de “la historia la escriben los vencedores” no parece sustentarse más. Ya Eric Wolf en su bello libro Europa y la Gente Sin Historia[7] presenta argumentos sustanciales y de mucho peso contra la idea de que exista gente sin historia o cultura, o al margen de ella, como si todos esos sectores no privilegiados fueran “relleno” en una realidad social que hubiera podido construirse prescindiendo de ellos. Hoy más que nunca se hace evidente que no es posible la comprensión unilateral de la historia y los procesos culturales que la entretejen. Prolongando esta reflexión de Wolf, no es posible pensar un grupo humano sin cultura, como ya lo ha señalado pertinentemente Pérez Tapias:

 

La cultura acompaña siempre al hombre [...] es algo específicamente humano, a la vez producto global de la praxis humana [...] La cultura es, pues, propia del hombre y mediadora de todas sus manifestaciones, la realidad cultural es coextensiva a la realidad social: cada sociedad tiene su cultura, cada cultura responde a una sociedad [...] No hay, pues, hombre sin cultura ni cultura sin hombres. Esta sólo existe en tanto hay hombres con una existencia social, a lo que cabe añadir también que la sociedad, no es sino un conjunto de individuos, una población, cuyo modo de vida se halla culturalmente determinado por un conjunto de instituciones, prácticas y creencias compartidas[8].

 

A partir de esto nos posicionamos teóricamente en un concepto de cultura que explica la actividad humana y ésta define a la cultura. Donde hay hombres hay cultura, allí donde el ser humano se posiciona, interpreta y modifica su entorno hay presencia cultural. Podrá ser una expresión diferente a la “oficial” que desde sus parámetros construye los lineamientos de la “normalidad”, pero no se puede negar que esa expresión cultural es indisociable de un contexto histórico determinado desde el posicionamiento peculiar del grupo social que la construye. Insistimos, cultura e identidad, tal y como enfatiza Gilberto Giménez, son parte de una misma realidad indisociable e implican la diferenciación entre lo propio y lo ajeno en orden a la sobrevivencia como grupo social. No se trata de escoger entre la disyuntiva: o permanecer, o cambiar, sino de la inherente característica de la cultura y su proceso de transformación: permanencia y cambio van de la mano. Y el elemento que articula ambos factores es la identidad, entendida como un proceso incesante de identificación, un esfuerzo continuo por resignificarse en las constantemente renovadas situaciones vitales y sus circunstancias concretas determinadas por influencias económicas, políticas y sociales que rebasan enteramente el ámbito de lo meramente local y focalizado.

Así pues nos referimos también –y en esta ocasión de forma enfática- a los grupos “no-alineados” en los contextos urbanos, pues su no-adhesión a las normas seguidas por la mayoría colectiva, más que una tara dejan ver una opción social de grupos humanos que se han configurado y se recrean constantemente en el margen, y permanecen en el margen por la imposibilidad real de acceder al “centro”.

Resumiendo, lo que quiero poner a su consideración es la tremenda limitación de considerar a la cultura y la identidad como algo acabado, y frente a la cual la innovación y el cambio serían un peligro que las desestructuraría hasta hacerlas desaparecer. Muy por el contrario, la cultura -y su parte operativa: la identidad- son esencialmente dinámicas y continuamente cambiantes. Es necesario profundizar nuestra reflexión en este sentido, porque en el contexto educativo mexicano, se suele presentar tanto a la historia, como a la cultura e identidad, como elementos acabados, estáticos e inamovibles que se posicionan como absolutos innertes que acaban por legitimar clichés que pretenden dar cuenta de una colectividad, innegablemente plural, cuyos miembros no necesariamente se ven reflejados en las propuestas hegemónicas. ¿Cuál es el elemento distintivo de la identidad mexicana? Fuera de la promoción que desde el Estado se ha hecho de la Bandera, el Himno, la Virgen de Guadalupe –y tal vez hasta la Selección Nacional de futbol- no encontramos elementos que podrían funcionar de norte a sur y de costa a costa de este territorio. Llevando esta cuestión a algo más localizado, ¿Cuál es el elemento distintivo de la identidad de un habitante de la Ciudad de México? Dudo mucho que pudiera darse una respuesta que satisfaga por igual a un vendedor de fayuca de Tepito, que a un vecino de las Lomas de Chapultepec, pasando por todas las tonalidades intermedias.

            La concepción de la cultura y la identidad circunscritas exclusivamente a los objetos encerrados en las vitrinas de un museo, o en los escenarios de los teatros, salas de conciertos y muestras gastronómicas o artesanales, obnubila la realidad social constructora de cultura en las calles, los barrios y –en general- en todos los ámbitos del diverso quehacer humano cotidiano que la configura y la transforma, un quehacer que se desarrolla en medio de la desigualdad y el conflicto.

            En este sentido, las prácticas sociales que se desarrollan en los barrios marginales, las bandas, las pandillas, etc. generan una cultura específica con una identidad propia. Es cierto que pueden desarrollar prácticas que ponen en jaque la organización social “macro” del contexto social más amplio en el que quedan comprendidas, como la ciudad o el estado, pero reconocerlos como agentes culturales que inciden directamente en la propia conformación de su entorno social “micro”, redituaría mucho más en la búsqueda de soluciones a problemas conjuntos que seguir considerándolos mecánicamente como organismos patógenos en un organismo sano que considera que para “curarse” debe eliminarlos.

 




[1] Louis Duch, Un extraño en nuestra casa, Herder, Barcelona, 2007, pp. 21-22.
[2] Ididem, p. 19.
[3] La referencia que retoma Dutch de Ruggieri se refiere a: G. Ruggieri, “Gott-ein Fremder in der Kirche?”, en P. Hünermann (ed.), Gott-ein Fremder in unserent Haus? Die Zukunft des Glaubensin Europa, Friburgo-Basilea-Viena, Herder, 1996, pp. 149-170. El párrafo aquí referido se encuentra específicamente en la p. 152.
[4] José Carlos Aguado y María Ana Portal, Identidad, ideología y ritual, UAM, México 1992, p. 46.
[5] Gilberto Giménez, “Cambios de identidad y cambios de profesión religiosa”, en: Gillermo Bonfil Batalla (coordinador), Nuevas identidades culturales en México, CNCA, México, 1993, p. 72.
[6] Félix Báez Báez-Jorge, Entre los naguales y los santos, Universidad Veracruzana, Xalapa, 1998, p. 85.
[7] Eric Wolf, Europa y la Gente sin Historia, México, FCE, 1987.
[8] José Antonio Pérez Tapias, Filosofía y crítica de la cultura, Madrid, Trotta, 1995, p. 20.




Los oficios de la vida y sus ecos en la muerte


*Artículo: “Los oficios de la vida y sus ecos en la muerte”, en: Revista UIC-

foro multidisciplinario de la Universidad Intercontinental, número 28,  abril-junio 2013, pp. 52-55. (ISSN 1870-8218).

Cristianismo con mucho maíz. Las fiestas de los Santos en contextos campesinos de origen indígena


*Artículo: “Cristianismo con mucho maíz. Las fiestas de los Santos en contextos campesinos de origen indígena”, en: foroUIC. Revista oficial de la Universidad Intercontinental, México, Universidad Intercontinental, número 1, octubre-diciembre de 2013. Publicación electrónica:  http://forouic.com/wp/?p=79

El Rostro del Migrante en el anonimato de la indiferencia: espacio y tiempo teológico en clave intersubjetiva


*Artículo: “El Rostro del Migrante en el anonimato de la indiferencia: espacio y tiempo

teológico en clave intersubjetiva”, Revista Vida  Pastoral, México, Editorial San

Pablo. Año XXXVIII, No. 235, noviembre-diciembre de 2013, pp. 18-23. (ISSN: 1405-  64615).

Versión disponible en línea:

New Age y las nuevas religiosidades en el posmodernismo


*Artículo: “New Age y las nuevas religiosidades en el posmodernismo”, Revista Vida  

Pastoral, México, Editorial San Pablo. Año XXXVIII, No. 234,  septiembre-octubre de 2013, pp. 39-44. (ISSN: 1405-64615).

Versión disponible en línea:

La palabra indígena: el arte de formar rostros y corazones. (Los Huehuetlahtolli antes y ahora, en la poesía y el ritual)


*Artículo: “La palabra indígena: el arte de formar rostros y corazones. (Los

Huehuetlahtolli antes y ahora, en la poesía y el ritual)”, Revista Kinkabán, número 3, enero-junio de 2013, pp. 9-16. (ISSN: 2007-3690).

 Versión disponible en línea:


Procesos identitarios en contextos de conflicto: la conformación de la identidad en medios pluriculturales asimétricos y negados


*Artículo: “Procesos identitarios en contextos de conflicto: la conformación de la

              identidad en medios pluriculturales asimétricos y negados”, Configuraciones.

             Gaceta del Centro de Formación Humanista de la Universidad Intercontinental,

              no. 5, Abril de 2013,  México, UIC, pp. 16-18 .