RELIGIOSIDAD POPULAR EN MEXICO


Las comunidades rurales de ascendencia indígena en México, son herederas de un importante bagaje cultural y religioso de originalidad mesoamericana. En su devenir histórico, a partir de la conquista y colonización, tuvieron que integrar muchos elementos novedosos provenientes de otros contextos culturales y religiosos. En ese proceso, dichas comunidades, lejos de acatar sumisamente los nuevos parámetros impuestos por el grupo hegemónico, activa y creativamente han reformulado y resignificado esos nuevos símbolos, de tal manera que el sincretismo resultante reúne en una nueva vivencia cultural las procedencias, tanto de uno como de otro lado.
Se trata de una forma de entender los fenómenos religiosos sincréticos en México, donde no se aniquila la diversidad inherente al proceso de conformación social de los diferentes rituales. En este sentido es la "Otra historia", la que se origina fuera del centro, lejos del púlpito, en la intimidad de los pueblos, barrios y colonias frente a la dureza de su vida particular y los avatares para abrirse paso en ella. En ese proceso, lo divino se materializa, necesariamente se encarna y se particulariza desde el horizonte cultural local. Esta aproximación implica una cierta apertura a pensar a Dios desde otros horizontes culturales, i.e., re-pensar lo divino desde otras coordenadas culturales.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Semana Santa en Taxco: identidad y pertenencia al abrigo de la devoción y la penitencia

TEXTO PREPARADO PARA LA REVISTA ELECTRÓNICA DE LA UNIVERSIDAD INTERCONTINENTAL: ForoUIC

Ramiro Alfonso Gómez Arzapalo Dorantes

 

La semana santa en Taxco, Guerrero ha sido siempre un referente del turismo de ese estado en lo particular, y de nuestro país en general. En este sentido, las actividades que se realizan durante esta semana de celebraciones religiosas se trivializan hasta cierto punto, pues se convierten en la foto obligada, la imagen que el turista busca ansioso, la postal perfecta. Desde este punto de vista bien podríamos decir que las actividades rituales en este contexto tienden a “folklorizarse”, entendiendo por folklore una valoración de las formas rituales pero ya sin el contenido original que las motivaba en un contexto social autóctono engarzado en coherencia con los demás elementos de la cultura.

Sin embargo, aunque en esta zona el arribo del turismo creciente, casi podríamos decir: “invasión turística”, ha trastocado el entorno social donde se ubican estos rituales, aún conservan sentido profundo enraizado en la historia local y la cosmovisión que opera en estas comunidades tradicionales. Como en tantas otras ceremonias de este tipo, el origen parece perderse en un pasado mítico, pero según la Enciclopedia Guerrerense, el inicio de esta tradición podría remontarse hasta 1598, debido a la gran religiosidad profesada por los habitantes de este pueblo minero. No obstante en los archivos de la parroquia de Santa Prisca se encuentran los registros de los primeros permisos otorgados por la Iglesia para celebrar una procesión del Cristo del Santo Entierro, en el año de 1600.

En el caso específico de la semana santa en este lugar, quisiera referirme específicamente a las tres congregaciones, cofradías o hermandades existentes que son las que sustentan la peculiaridad de la celebración durante semana santa en Taxco:

1.)    Las ánimas.

2.)    Los encruzados.

3.)    Los flagelantes

La primera de estas hermandades es femenina y las dos restantes masculinas. Antes de proceder a describir cada una, cabe señalar que tendrán en común que son organizaciones sociales cuya adscripción implica una cierta forma de comportamiento ético visible en la comunidad, se consideran a sí mismas serias en cuanto a que no es considerado un juego lo que hacen y tienen implicaciones de adhesión y formación que por más mínimas que sean marcan a los integrantes en una dinámica de “dentro y fuera” del grupo. También las tres hermandades comparten cierto estigma que pesa sobre quienes participan en ellas, pues al ser un acto de penitencia y estar cubierto el rostro, el imaginario popular no deja de volar en relación a ¿qué fue lo que hicieron para purgarlo así?, remontándose en ese vuelo de la imaginación a crímenes horribles, homicidios, prostitución, etc, cosa que es poco sustentable, pues a la par de la penitencia, está también el favor solicitado, o bien, el pago por el favor recibido, sin la connotación de algo malo purgado que implica un entendimiento ortodoxo de lo que es la penitencia.

Las tres hermandades participan durante la Semana Santa de Taxco, especialmente en lo que toca al triduo pascual comprendido entre jueves y sábado santos.

 

Las ánimas

Esta hermandad femenina realiza su penitencia caminando por las empinadas calles empedradas de Taxco. Las ánimas, procesionan descalzas, portando un vestido negro y cubierta la cabeza con capucha negra. Todo el tiempo avanzan encorvadas en ángulo de 90 grados, con pesadas cadenas amarradas en los pies, las cuales hacen un ruido intenso que nutre la atmósfera de misticismo en las noches. En las manos portan un crucifijo y en la cintura disciplina de lazo con clavos. La pertenencia a esta hermandad implica un comportamiento digno dentro de la comunidad y reuniones en las que se dan pláticas de carácter espiritual.



 
Ánimas cargando sus cadenas en los pies, encorvadas y sosteniendo una cruz. Noche del Miércoles Santo.Taxco, Gro. Fotografía del autor.



Los encruzados

Esta hermandad masculina realiza su penitencia cargando un rollo de espina de zarza de aprox. 60 kilos. El rollo es puesto tras la nuca, sobre la espalda con los brazos extendidos y amarrados en los extremos del rollo. Portan capucha negra y sendal, con las espaldas desnudas. La procesión dura varias horas, aparte de mencionar que conservar el equilibrio con esa carga en las accidentadas calles de Taxco es ya un mérito. Llevan los encruzados ayudantes que tratan de apoyarlos para que no caigan, y cuando se hincan puedan volver a ponerse en pie. Esto es porque además de la procesión, se realizan “guardias” en la iglesia, donde se ofrecen una, dos o tres horas. La guardia consiste en estar hincado frente al altar con el rollo en la espalda durante el tiempo ofrendado. La promesa de ser encruzado, implica determinar el tiempo que se compromete el involucrado a cumplir con esta participación. Puede ser una sola vez, por determinado número de años o de forma permanente. Es claro que es una ofrenda, donde lo que se ofrenda es el esfuerzo físico, el dolor y las incomodidades propias de realizar esta actividad.

 


Encruzado recorriendo las calles. Taxco, Gro. Fotografía del autor.


Encruzado cargando el rollo de zarzas. Taxco, Gro. Fotografía del autor.


Procesión de encruzados el jueves santo al mediodía. Taxco, Gro. Fotografía del autor.

Encruzados con la Virgen de los Dolores en procesión. Viernes Santo. Taxco, Gro. Fotografía del autor.



Los flagelantes

Esta hermandad, también masculina como los encruzados, visten sendal negro y capucha. Van desnudos de la cintura para arriba y se flagelan con disciplinas hechas por ellos mismos con lazo y punta hecha con metal, hilo de algodón y clavos. Es tal vez la más aparatosa de las hermandades pues la sangre es muy visible, ya que al avanzar en la procesión se azotan continuamente la espalda pasando el flagelo por encima de cada hombro una y otra vez. Aunque las heridas no son muy profundas con un solo azote, la constancia deja profundas y estremecedoras marcas en la piel. Igual que en el caso de las hermandades anteriores, cada involucrado decide cuántas veces se compromete a esta ofrenda. Es muy común que los flagelantes en una procesión, sean los encruzados de otra, entremezclándose sin problemas en las celebraciones durante la semana.

 


Flagelante cargando una cruz en la procesión del Jueves Santo en la noche. Taxco, Gro. Fotografía del autor.
 

Flagelante cargando una cruz en la procesión. Viernes santo. Taxco, Gro. Fotografía del autor.
 

Estas tres hermandades acompañan las procesiones de los santos que se realizan en Taxco durante toda la semana santa, donde las imágenes de los santos se congregan en ciertos lugares para participar en la procesión. La gente y los penitentes se convierten en una suerte de acompañantes de estos protagonistas de la esfera numinosa que recorren las calles de su pueblo, se visitan y participan en la celebración de esta semana. Destaca la procesión de los Cristos el miércoles santo en que se coloca una escenografía del “huerto de los olivos” en el atrio de la parroquia de Santa Prisca. Ya en la noche, sale la Procesión del templo de la Santísima Trinidad, y la imagen de la Trinidad es acompañada por los Apóstoles, el Cristo de los Plateros, San Judas Tadeo, Jesús El Buen Pastor, el Señor de la Misericordia, Santa Faustina Kowalska, Santa Cecilia, el Cristo del Coro, el Padre Jesús del exconvento de San Bernardino, entre muchas otras imágenes de Cristos de distintas capillas del pueblo.

En este sentido, bien podemos apreciar que las formas de devoción popular que se estilan en Taxco se vinculan con algunos puntos del catolicismo oficial, tales como la semana santa y sus oficios litúrgicos canónicos, además de las misas y bendiciones que son muy valoradas, mas no todo proviene de esa instancia, pues las procesiones en sí mismas, la actividad de los penitentes, y el trato que se le da a las imágenes religiosas disgusta con mucha frecuencia  a los clérigos que ven en estas expresiones prácticas torcidas y desvirtuadas –desde su punto de vista-  muy lejanas de la razón teológica que resguardan. A la par, en el pueblo, se aprecia la valoración de dichas actividades que no importa cuánto lo critique el sacerdote, se realizan porque deben ser realizadas, como dicta “el costumbre”, como dice la gente en sus propias palabras: “como debe ser”. Se percibe entonces una dicotomía de un clero que no encuentra lógica alguna en estas manifestaciones religiosas populares, y un pueblo que no encuentra mucho sentido a la “verdadera” versión repetida con ahínco por los ministros oficiales. Que el acto religioso popular esté desprovisto de lógica para el clero, no implica que esté desprovisto en sí mismo de toda lógica, simplemente indica que no pueden entender esa lógica porque ni siquiera consideran que exista esa posibilidad fuera de su monótono monólogo. Es, pues, una cuestión básica de reconocimiento intercultural: aceptar la posibilidad de lo divino cifrado desde otras perspectivas culturales, con otros símbolos y escalas de valores distintas.

La entrega gustosa del sufrimiento provocado durante estas celebraciones nos lleva a repensar la relación de lo divino en perspectiva con lo humano. La división entre una trascendencia lejana espiritualizada y una inmanencia insoslayable eminentemente material reduce la brecha que desde la teoría parecería insalvable: es necesario hacer una apología de nuestra materialidad que no pierda de vista que la vivencia espiritual humana, en tanto que humana es necesariamente encarnada. Una división tajante entre los problemas de este mundo y la salvación del otro, rompe con esa encarnación. Desde esta perspectiva, la fuerza y vigor con que se celebran estas fiestas religiosas, que implican la visión de lo divino presente en nuestra materialidad cotidiana, ¿no reconcilia ambos mundos constitutivos de lo humano? Vivir es padecer, y la apuesta religiosa implícita en estos fenómenos religiosos populares conlleva un voto por lo divino inserto en el padecimiento rutinario, la carencia cotidiana, el sufrimiento constante. Esto provee de sentido la vida humana, no teorizada, sino plenamente inmanente en el estrecho espacio vital del existente.

La distinción que la religión oficial hace entre este mundo y el otro, implica la separación del ámbito humano y el divino, donde la divinidad se acerca a la realidad humana, pero el fin último se concibe fuera de esta realidad. Es una visión de la trascendencia donde los ámbitos de lo humano (terrenal, perecedero, inmanente) están muy bien diferenciados de lo divino (celestial, eterno, trascendente). Sin embargo desde las devociones populares, esta distinción de los ámbitos humano y divino no opera, de hecho no existen en sí esos ámbitos, sino que se trata de una sola realidad, ésta, la que conocemos y en la que nos movemos, donde cohabitan el hombre, la naturaleza y los entes divinos, en una interrelación que integra a las partes en un destino común. La separación que se aprecia entre la festividad popular en estos pueblos y los patrones oficiales de celebración litúrgica en la ortodoxia eclesial, nos llevan a deducir que las motivaciones en uno y otro lado son diferentes y lo que se busca con la celebración responde también a intereses distintos.

Tendríamos que considerar, pues, que el espíritu subyacente en los fenómenos religiosos populares, podría retroalimentar a la religión oficial en su espíritu desgastado reconstruyéndose su ámbito de significación a partir del vigor y dinamismo inherentes en los sectores que dan vida y forma a la religiosidad popular. Si el cristianismo contemporáneo se vuelve una extraña religión desacralizada (por el desgaste en su concepción de lo divino y su consecuente vacuidad de sentido de Dios y lo religioso) ¿no podría re-sacralizarse en una retroalimentación de la vivencia de lo sagrado desde otras coordenadas culturales otrora despreciadas y minusvaloradas?

 

Los santos en la religiosidad popular campesina: sacralidad marginal

Texto preparado para la revista electrónica de la Universidad Intercontinental: ForoUIC

 

Ramiro Alfonso Gómez Arzapalo Dorantes

 

A partir de la observación etnográfica en relación al uso de las imágenes de los santos en medio de la vida cotidiana dentro de las comunidades campesinas de origen indígena en México, salta a la vista que -como personajes numinosos-, los santos son considerados –dentro de las celebraciones rituales- como personas vivas más que como imágenes innertes, con todas las características propias que esto implica, tales como una voluntad propia, un ámbito específico de funciones en medio del entorno natural y social, parentescos con otros santos y pertenencia territorial a un pueblo en específico. Así, las imágenes de los santos bien pueden ser consideradas como: mudos predicadores de otra historia, y esa otra historia que predican es la que se origina lejos del púlpito, en la lucha diaria por sobrevivir, en el campo, en los problemas cotidianos que urgen soluciones inmediatas. Allí donde la rudeza de la rutina hace necesaria toda la ayuda posible, las redes de solidaridad y reciprocidad se extienden más allá del vecino tangible de carne, hueso y sangre, para integrar a otro tipo de vecinos que comparten esta realidad desde su propia particularidad y posibilidades: los santos.

            A partir de esto, el problema que se plantea, refiere primeramente a la pregunta acerca de cómo interpretaron estos pueblos campesinos de ascendencia indígena, desde su cosmovisión, las imágenes religiosas cristianas insertadas en su espacio cultural, y a partir de su propia perspectiva interpretativa de lo divino y su relación con lo humano, ¿qué roles le fueron asignados a las imágenes religiosas cristianas dentro de la vida del pueblo?

Así pues, partimos de considerar que las imágenes de los santos en las comunidades campesinas de origen indígena en México fueron reinterpretadas de acuerdo a la cosmovisión propia de los pueblos donde se implantaron, alejándose considerablemente de la explicación piadosa del clero para ser adoptados como entidades sobrenaturales cuyas funciones específicas corresponden a las necesidades históricas concretas de los hombres que les rinden culto, incorporándose con otras personalidades de carácter igualmente divino que definitivamente no provienen de la explicación cristiana, sino que corresponden a una concepción mesoamericana. Dicha adaptación o reformulación de los santos, no opera exclusivamente a nivel de un pueblo en particular, sino que es una constante en un conglomerado de numerosos pueblos que se engarzan en una región.
Dulce Nombre de Jesús. Imagen venerada en Tepetlixpa, México. Cartel de fiesta 2005. El fotomontaje fue preparado por los mayordomos para repartir las estampas y carteles.
Santo Santiago. Acatlán, Guerrero. Fotografía de Jaime Bernardo Díaz Díaz. Estudios Mesoamericanos, UNAM.
 
 
 

Esta peculiaridad en el uso de las imágenes religiosas, circunscritas en un entorno cristiano católico en poblaciones de ascendencia indígena, obligan –desde la antropología- a ofrecer una interpretación que dé cuenta de un fenómeno religioso que se aleja considerablemente de los parámetros oficiales de la instancia religiosa eclesial, que definitivamente entra en juego en estas manifestaciones, pero que –dadas sus características propias institucionales- no ve en ello sino una desviación o mala interpretación de la Verdad Revelada de la cual se considera depositaria.

            Dicha interpretación, desde la cual podríamos dar cuenta de este fenómeno social, parte del concepto clave de religiosidad popular. Un concepto problemático dada su polisemia, por lo que apuntamos –en primer lugar, y de manera enfática- que no lo consideramos como un término peyorativo o de depreciación, entre lo oficial y lo no-oficial, sino que lo consideramos un término útil para dar cuenta de una realidad social que se vive en un grupo subalterno (grupo de ascendencia indígena) que se encuentra inmerso en un contexto social más amplio (Estado-Nación), y que incorpora ciertos elementos que la oficialidad, tanto eclesial como estatal, le imponen, pero los reformula de tal manera que el resultado es un ritual acorde a su propia tradición cultural coherente con el proceso social históricamente vivido, pero que encuentra puntos de amarre con las instancias oficiales hegemónicas, de las cuales, por más que quisiera no puede librarse. Entendemos entonces dicha religiosidad popular como una estrategia social que “traduce” los parámetros de la oficialidad al nivel popular, la intimidad del pueblo, el ritual, la milpa y el cerro. En este sentido la religiosidad popular tiene un papel de intermediación entre ambos sectores sociales que se mueven continuamente en la fricción y el conflicto.

El concepto de religiosidad popular entonces, incluye a los sectores populares y étnicos que son sujetos de dominación. En su seno se desarrollan procesos de resistencia y se efectúan prácticas religiosas relativamente autónomas, que imbrican las esferas social, política y económica en una misma realidad indivisible, pues la tendencia moderna de fracturar la realidad en partes aisladas, es totalmente ajena a los habitantes de estos pueblos que no establecen distinciones entre un ámbito y otro, pues la operatividad de su vida cotidiana no establece dichas fronteras.

En el entramado que subyace a la religiosidad popular, se llevan a cabo procesos de resignificación, que  desembocan en un sincretismo, donde se lleva a cabo un proceso de incorporación selectiva de elementos religiosos impuestos por un poder externo, imposición que motiva al receptor a elaborar estrategias de selección y apropiación de esos elementos a su propio contexto cultural y de tradición.

            Así pues, la especificidad de las prácticas religiosas populares de ascendencia indígena, podemos explicarla como el resultado de un fenómeno sincrético  que posibilita una vivencia religiosa donde coexisten interpretaciones surgidas en distintos ambientes o contextos culturales. Entonces dicha especificidad es producto de un proceso histórico y la coherencia de esta síntesis está dada por la cosmovisión que articula la concepción que se tiene del mundo, y los entes que lo habitan, donde se encuentran animales, plantas, hombres y los entes divinos que se vinculan directa o indirectamente con el control de las fuerzas naturales.

            El espacio del mundo, se convierte en una vecindad de los hombres, la naturaleza, y los divinos, en la cual, todos interactúan, cada quien aportando lo que debe desde sus posibilidades ontológicas, donde destaca la participación humana en el ritual que –desde estos contextos- integra el orden social, político y económico del pueblo con la naturaleza y la divinidad, una relación de la que todos salen beneficiados, pues comparten este mismo mundo.

            Siguiendo este orden de ideas, es comprensible que la religiosidad popular en estos contextos específicos se caracterice frente a su contraparte como una expresión religiosa de la inmanencia, una religión de la vida diaria y de los problemas concretos, como la salud, el temporal, la cosecha, la prosperidad material, etc. Por esto, en este tipo de estructura religiosa, las respuestas acerca de la vida y la resolución de problemas concretos, alcanzan su máximo grado de resonancia.

            La idea que queremos rescatar es pensar a la religiosidad popular en contextos indígenas como una práctica social donde convergen tradiciones diferentes y que se expresan en manifestaciones rituales con identidad propia, lo cual, es muy valioso y sugerente para México, entendido como un contexto pluriétnico, donde esa pluralidad ha sido muchas veces negada en aras de una sola identidad nacional dictada desde el grupo hegemónico.

En medio de los vertiginosos cambios sociales que vivimos en nuestra época contemporánea, generados en buena medida por un proyecto nacional hegemónico inserto en un contexto mundial globalizado, resulta muy interesante que estas poblaciones campesinas de origen indígena mantengan una actividad ritual que les posibilita ciertas formas de relaciones sociales que favorecen redes de solidaridad y fortalecen sentimientos identitarios anclados en una cosmovisión común, no sólo a nivel pueblo, sino en un grupo de pueblos vecinos que forman un conjunto diferenciable de los que no comparten esta visión.

            Las fiestas religiosas se convierten así, en el engrane central donde se engarzan, de manera simultánea, cosmovisión, ritual, santos, necesidades materiales concretas, relaciones sociales, prácticas políticas, soluciones económicas, distanciamientos de las instancias hegemónicas –tanto en lo religioso, como en lo civil-, luchas por el poder –frente a la hegemonía, y también al interior de las facciones del propio pueblo-. El resultado de todo el conjunto es un sistema coherente, en cuanto que opera bajo una lógica singular propia, la cual se refuerza a través de la articulación de este engranaje en la celebración de las fiestas en un entorno regional.

               La utilidad de estudiar estos procesos implícitos en los fenómenos religiosos en las comunidades de origen indígena, es considerar en el ámbito teórico-interpretativo la existencia de ambos sectores sociales en un contexto nacional que -desde la hegemonía- pretende ignorar el empuje de los grupos subalternos. En todo caso se trata de un esfuerzo por interpretar los fenómenos religiosos en contextos indígenas partiendo desde la originalidad cultural e histórica propia de esas sociedades, sin entrometer modelos ajenos a los cuales pretender ajustarlos desde realidades totalmente lejanas a sus parámetros autóctonos.

Sea éste un aporte para entender esa “lógica singular” inherente en el proceso histórico-cultural de estos pueblos y que puede ser una valiosa propuesta de interpretación para otros procesos similares en nuestro actual mundo globalizado donde conviven lo ultra-moderno y lo tradicional que se resiste a desaparecer.

 

 





Soteapan, municipio en la Sierra de Santa Martha en Veracruz. Etnia zoque-popoluca. Los jesuitas y las hermanas de San José de Lyon como encargados de la evangelización de la región, pretenden la inculturación del evangelio valiéndose de la tradición de los pueblos indígenas basado en Jomxuk (o bien: Homshuk), dios del maíz, en una reinterpretación condensada en la llamada “teología india”.

Fotos de Consuelo Pulido García, estudiante de teología en la UIC.

 

 

Fiesta de San Nicolás en Ixmiquilpan, Hidalgo


Texto preparado para la revista electrónica de la Universidad Intercontinental:  ForoUIC
 
Ramiro Alfonso Gómez Arzapalo Dorantes
 
La fiesta de San Nicolás se celebra el 10 de septiembre, y durante esta fiesta, San Nicolás visita al Señor de Jalpan en la cabecera municipal. Los festejos se prolongan durante una semana, y en ella tienen lugar eventos de suma importancia que marcan fuertemente los momentos de la fiesta, y que son conocidos por todos los pobladores. Así pues, procederé a la descripción de los momentos más significativos de esta compleja fiesta patronal del barrio de San Nicolás, que a su vez se inserta en el complejo festivo más amplio del Valle del Mezquital, donde los diferentes pueblos peregrinan acompañando a sus santos patronos que rinden pleitesía al Señor de Jalpan en el convento del s. XVI en el centro de Ixmiquilpan, Hidalgo.
Las actividades que se engarzan para dar lugar al complejo festivo, son actividades aglutinantes que articulan al colectivo en una dinámica común, fortaleciendo lazos de identidad y pertenencia a una comunidad que sustenta la forma de vida peculiar que ellos valoran. Así pues, es muy importante ver el conjunto de pequeñas celebraciones interrelacionadas de la fiesta como un todo que da por resultado una actividad festiva prolongada considerada como unitaria. Así, lo que para un observador externo pudiera parecer el montaje escénico bastante caótico de actividades inconexas, para los lugareños sigue una lógica precisa y coherente que se sobreentiende y se acata.
 
La Molienda
Esta actividad, propiamente femenina, tiene lugar unos días antes de la fiesta de San Nicolás, pues la molienda del cacao tiene como finalidad preparar las pastillas de chocolate que se usarán para el atole a repartir en el desayuno después de las mañanitas. Dado que las tortas de chocolate deben dejarse un tiempo para ventilarse, endurecerse y sacar algo de grasa dejándolas reposar sobre papel de estrasa, es por eso que se hace la molienda con días de anticipación para la fiesta[1].
 
Mujeres preparando las pastillas de Chocolate durante la Molienda. Barrio de San Nicolás, Ixmiquilpan, Hgo. Fotografía cortesía de Misioneras Laicas Asociadas, MG. 2009.
 
 
 
Durante la molienda, se disponen en dos largas filas los metates, con su platón enfrente y un cojín decorado tras ellos, para que las mujeres que van llegando a participar en este servicio, se hinquen y muelan el cacao. Quedan dispuestas, pues, dos filas donde se ven de frente quienes están moliendo con un pasillo entre cada fila por donde pasan las mujeres que supervisan, recogen y proveen de lo necesario, generalmente ellas son las mujeres mayores, encargadas de todo. Pasan constantemente para recoger el molido y proveer de granos a quienes ya lo terminaron.
 
Metates preparados para la molienda. Barrio de San Nicolás. Ixmiquilpan, Hgo. Fotografía cortesía de Misioneras Laicas Asociadas, MG.2009.


 
Constantemente se relevan las mujeres, que se levantan para dar lugar a otras que también vienen a moler. La convivencia es fuerte, pues el ambiente es ya plenamente festivo y todos lo hacen por San Nicolasito. Es una actividad muy esperada, y se mezclan mujeres de todas las edades, desde niñas hasta ancianas, por lo que la función social de transmisión de valores, conocimientos y cosmovisión es muy evidente.
Mujeres en la molienda. Barrio de San Nicolás., Ixmiquilpan, Hidalgo. Fotografía cortesía de Misioneras Laicas Asociadas, Misioneros de Guadalupe. 2009.
 
 
 
Llegada de las ceras, escamadas y cuelgas
La víspera del 10 de septiembre, llegan las piezas labradas en cera que el mayordomo de San Nicolás encargó a los artesanos de la sierra que se dedican a ello. Estas piezas únicas son trabajadas con armazón de alambre y placas de cera de abeja mezclada con polvo de copal para darle cuerpo y resistencia. Destaca, entre todo, el tratamiento ritual a esta artesanía festiva. Primeramente hay que puntualizar que las “ceras” son las velas a repartir en la procesión que saldrá al día siguiente de la capilla de San Nicolás a la parroquia donde está el Señor de Jalpan, (a donde acude en procesión San Nicolás para cantarle las mañanitas al Cristo Señor de Jalpan). Las “escamadas”, son esas mismas velas pero con labranza de cera alrededor, pueden ser sencillas guirnaldas de flores en derredor del centro de la vela, o bien complejas estructuras con formas elaboradas. En la ocasión que describo, se llevaron las escamadas de vela con flores para dar a los mayordomos en la procesión, pero también, -y ocupando el lugar central- alrededor de una veintena de cruces que llevaba cada una su pequeña cuelga[2]. Cabe señalar que todo esto es para la procesión y la misa a celebrarse en Ixmiquilpan, donde oirán misa juntos San Nicolás y el Señor de Jalpan, por lo que se encienden y se consumen durante las celebraciones.


 
Cuatro escenas del recibimiento de las ceras en casa del mayordomo de San Nicolás, Ixmiquilpan, Hgo. Fotografías del autor.
 
 
Es un verdadero arte ritual, cuya característica esencial es lo efímero y pasajero, pues se consumen durante la celebración. Las “cuelgas” son grandes ensartados de flores de cera formando una especie de “collares” muy grandes que le serán ofrendados a San Nicolás y al Señor de Jalpan. Los que se dan al Cristo son especialmente grandes, pues se colocan sosteniéndose de ambos brazos y dejando pasar la parte central frente al pecho del crucificado.
 

Arriba: escamadas. Abajo: ceras labradas con forma de cruces, posando: la familia del artesano que fabricó y llevó las ceras a San Nicolás a costa del mayordomo de este santo. Fotografías del autor.
 
 
Preparación de las cuelgas
Esta preparación de cuelgas no se refiere a lo antes descrito para las grandes cuelgas de cera labrada para los santos, sino a las cuelgas que se convidan a la gente al salir de la misa donde estuvieron juntos el Señor de Jalpan y San Nicolás en la misa del mediodía de la fiesta de San Nicolás.
Dichas cuelgas son collares de ramas de árbol trenzadas, donde se amarran naranjas, manzanas, plátanos o piezas de pan.
En la casa de uno de los mayordomos se reúnen las familias de los que van a participar en la elaboración de las cuelgas. Allí, los hombres cortan las ramas  y las preparan en pequeñas ramitas que puedan ser trenzadas para preparar las cuelgas. Con hilo de algodón se van trenzando las ramitas hasta lograr el grueso necesario. Entonces las mujeres y los niños empiezan a amarrar en esos collares verdes las frutas y el pan. Una vez listas las cuelgas se colocan en un palo sostenido entre dos sillas y allí se conservan hasta que se cargan en los hombros de dos hombres para ser trasladadas en la procesión de San Nicolás al Convento.
Cuando acaba la misa, sale primero del templo San Nicolás acompañado por el tañir de una campana que le abre paso. Una vez que él sale, entonces ya puede salir la gente y se entregan a la pasada las cuelgas que deben portarse hasta que termina el regreso de San Nicolás a su capilla en una procesión de regreso al barrio.
 
 


Preparación de las cuelgas. Arriba y enmedio hombres cortando la flor de cempoalxóchitl y trenzando las ramas. Abajo, niños amarrando las flores en las cuelgas. Barrio de San Nicolás, Ixmiquilpan, Hgo. Fotografías del autor.

 

Tamales y mañanitas
En la víspera al día de San Nicolás (9 de septiembre). En la casa del mayordomo a donde son recibidas las ceras, escamadas y cuelgas, se preparan los tamales y el atole (usando el chocolate preparado en la molienda[3]). En grandes tinas de hoja de lata, se cuecen los tamales en cantidades industriales, pues se da a todo el que llegue a desayunar al día siguiente, de regreso de las mañanitas de San Nicolás al Señor de Jalpan. Todo el proceso se anuncia por cohetes, de tal forma que la gente desde sus casas dice: “ya están preparando los tamales”, o “ya se cocieron”, o “ya los están sirviendo”. Es un sistema de comunicación por medio de los cohetones que es muy interesante y efectivo. Toda la gente sabe qué se está haciendo y cómo van, para luego congregarse al llamado de los cohetes y las campanas.
El 9 de septiembre, después de recibir las ceras, se vela en casa del mayordomo. Alrededor de las 4:00 de la mañana del 10 de septiembre empieza la cohetiza y las campanas se echan al vuelo llamando a la procesión de San Nicolás para cantar las mañanitas al Señor de Jalpan en el santuario. Se llega como a las 5:00 y empieza el mariachi a tocar las mañanitas al Señor de Jalpan, un poco trastocadas para la ocasión, pero con un profundo significado: “Despierta padre despierta, mira que ya amaneció, ya tus hijitos te cantan pidiendo tu bendición”. Las puertas del santuario permanecen cerradas porque el Señor de Jalpan “no es fácil” y “se ruega un poco”. Aproximadamente 40 minutos después de cantar repetidas mañanitas y otras “alabanzas” amenizadas por el mariachi, las puertas finalmente se abren, para volver a cantarle al Cristo las mañanitas ya frente al altar con San Nicolás a su lado. Viene la misa y regresan todos a casa del mayordomo en el barrio de San Nicolás, donde están las cruces de cera y los tamales y el atole esperando. A todo el que llegue se le sirve, sea o no del pueblo.
Cazos con tamales cociéndose. Víspera de la fiesta de San Nicolás. Ixmiquilpan, Hgo. Fotografía del autor.
 
 
Procesión al santuario
Después del desayuno viene un momento de descanso, hasta aproximadamente las 10 de la mañana, cuando –nuevamente a través de los cohetes y las campanas- se invita a acudir a la procesión que saldrá de la capilla de San Nicolás. Para esto, primero son trasladadas las ceras, escamadas y cuelgas de casa del mayordomo al templo de San Nicolás. Allí tiene lugar la misa para San Nicolás en su día. Al terminar, sale San Nicolás elegantemente vestido y adornado con cuelgas y ropones nuevos, para presidir la procesión a la parroquia de Ixmiquilpan. En ésta se llevan detrás de San Nicolás la cuelga grande a ofrendar al Señor de Jalpan, y las cruces de cera. Las velas y escamadas ya han sido entregadas a cada uno de los mayordomos y en dos filas avanzan detrás de San Nicolás y sus regalos que lleva al Señor de Jalpan. Detrás de ellos vienen las cuelgas (de pan y fruta), toda la gente, y cerrando el cortejo, tractores arrastrando remolques con las portadas de flores para el santuario, una para la entrada del templo y otra para el acceso al atrio[4].

San Nicolás ataviado para su fiesta. Barrio de San Nicolás, Ixmiquilpan, Hgo. Foto cortesía de las Misioneras Laicas Asociadas. M.G.


 Cuelgas de pan y frutas

 Cuelga de cera para el Señor de Jalpan.

   tractor llevando la portada de flores al santuario.

instalación de la portada en el acceso lateral del atrio. Ixmiquilpan, Hgo. Fotografías del autor.
 

Misa
Al mediodía se celebra la misa principal en el santuario, con San Nicolás al lado del Señor de Jalpan a un costado del altar, se le coloca al Señor de Jalpan la cuelga ofrendada, y se encienden en derredor de ellos las velas de las cruces de cera labrada. Así, a medida que avanza la ceremonia litúrgica, las ofrendas de cera se van consumiendo. Al terminar la misa, aún queda cera, pero nadie toma lo ya dado. Se queda en el santuario, donde los mayordomos del Señor de Jalpan disponen de él. Las cuelgas se le dejan al Cristo unos días y después se le retiran cuando llega otra procesión con otra cuelga que ofrendar. Las cuelgas ya retiradas se acumulan en la bodega del Señor de Jalpan, donde se desmembran flor por flor, para luego ser ofrecidas como reliquias a los fieles. Es muy interesante que los bienes se considera son propiedad de los santos, primero de quien lleva el regalo y luego de quien lo recibe. El pueblo se convierte así en una suerte de acompañantes de la procesión, pero los protagonistas son los santos que acuden a saludarse,  rendirse pleitesía y fortalecer sus lazos de unión que se reflejan en la vecindad territorial y la jerarquía de cabecera-municipio, o eclesiásticamente: capellanía-parroquia.


Arriba: San Nicolás saliendo de la misa en la iglesia de Ixmiquilpan. Enmedio: Cuelgas listas para repartirse entre los que salen de la misa. Abajo: el autor de este texto con su respectiva cuelga.



[1] Para quien esté interesado en ver la molienda, está disponible en línea un video tomado por una persona oriunda del lugar en: http://www.youtube.com/watch?v=FkLC6e6up4o
 
[2] Se pueden ver tres videos en línea del “Recibimiento de las Ceras, escamadas y cuelgas en la casa del Mayordomo de San Nicolás, para ser usadas en la procesión al Señor de Jalpan, en el centro de Ixmiquilpan” en: http://youtu.be/-ZMRdC_N8fI; http://youtu.be/lJWjzHKehmo; http://youtu.be/riljA5KZnfo
[3] Puede verse el video de la Elaboración del atole, tomado por un habitante del pueblo de Ixmiquilpan, barrio de San Nicolás,  en línea: http://www.youtube.com/watch?v=lfaX6m7EJ_U
 
[4] Puede verse en video en línea: “Procesión de la capilla de San Nicolás al Señor de Jalpan, en la parroquia. Fiesta de San Nicolás, Ixmiquilpan, Hidalgo”, en: http://youtu.be/nvk7U9d4wXI; http://youtu.be/nMUyxQZDSkw.